14.6.08

DELIRIOS DEL GRAN NORTE

Vista desde el exterior, la cabaña era una excentricidad, desamparada en aquel valle barrido por el viento: como un pecio sumergido en un mar de bruma. Sus cuatro maderos mal ensamblados formaban un dudoso refugio mimetizado con el frío pero el tenue naranja que teñía las fisuras del entablado era una promesa de supervivencia para el viajero que, como yo, hubiese sido sorprendido en un lugar inoportuno por el crudo invierno del Gran Norte. Todavía recuerdo cómo aquel resplandor insufló en mi espíritu el calor necesario para dar otra decena de pasos y cómo me desvanecí cuando se abrió la puerta, sentí la caricia del fuego y vi por primera vez, entre la niebla de mis sentidos, el inmenso corpachón de Yuri Stogoroff.

Recuerdo también ahora aquellos momentos como los últimos de mi vida en que pude sentirme como un hombre completo porque cuando desperté de mi desvanecimiento, en el jergón que Yuri me había preparado cuidadosamente con algo de paja y unas mantas, fue para descubrir, con gran consternación, que había perdido mi pierna derecha por debajo de la rodilla; de hecho todavía podía sentir mi pierna, pero no estaba allí. Mi salvador se apresuró a tranquilizarme sobre la gravedad de mi estado asegurándome que la amputación, que él mismo había realizado para evitar las irreparables consecuencias de la congelación, había resultado saludable, y que me encontraba fuera de peligro, al menos por el momento. Henchido de agradecimiento, recuerdo que lloré alegremente sobre el hombro de Yuri, y que con cada nueva lágrima que derramaba sobre su hombro adquiría una nueva deuda de gratitud con él, tan paciente, solícito y amable ante mi pérdida.

Pasé las semanas siguientes reponiéndome de mi estado. Yuri decía tener provisiones en abundancia: sal, azucar, té, un saco de harina, judías, carne seca… todo guardado bajo llave en un arcón que reposaba día y noche bajo su jergón. Él se encargaba de preparar nuestras comidas y de distribuir las raciones y, aunque no tardé en darme cuenta de que siempre se quedaba con la mejor parte, me parecía razonable que así lo hiciese, comprometida como estaba por mi presencia la supervivencia de ambos.

No fue hasta salir de mi postración y recobrar algo de mi lucidez (la misma lucidez que me había llevado hasta el borde de la muerte en la inmensidad del paisaje helado) que comencé a darme cuenta de que mi compañero de fatigas me ocultaba alguna cosa. El mismo gesto que me había parecido amable en sus cuidados durante los días de mi convalecencia se había tornado ahora agrio, receloso; por mucho que intentase convencerme de que mi apreciación del humor de Yuri era sólo un reflejo de mi alicaído estado de ánimo tras aquel largo encierro, no conseguía quitarme de la cabeza la sospecha de que pronto conocería la cara oculta de mi ya extraño amigo. Me extrañaba sobre todas las cosas su prudencia con los alimentos, pues yo pensaba todavía, confiado en su palabra, que contábamos con reservas bastantes para pasar las semanas que tardaría en llegar la primavera, lo que teñía su comportamiento de sospechosa irracionalidad.

La ventisca estuvo sacudiendo nuestra casucha hasta que perdimos la cuenta de los días. Todas las circunstancias que hasta entonces me había parecido llevaderas comenzaron a enroscarse en mi garganta como el abrazo mortal de una serpiente. El encierro, el tedio, el frío, la falta de ejercicio, la amputación… Tras mi convalecencia, Yuri se había vuelto más taciturno, hosco; a veces respingaba sorprendido por mi evidente presencia como si saliese de un sueño, o caminaba a mi alrededor por la estancia como si quisiese hacerme ver que me encontraba fuera de sitio. Verdaderamente comencé a pensar que a mi desconocido amigo le estaba haciendo mella la soledad del invierno ártico, y temí por mi vida; soñaba que me agarraba con sus grandes brazos de oso y me ponía de un puntapié fuera de la cabaña, abandonado en la noche polar, suplicando a voz en grito que, por favor, no me dejase allí sin una muleta.

¿Qué sabía de él? No habíamos hablado demasiado; al principio yo me encontraba demasiado débil para concentrarme en cualquier conversación y, cuando recobré algo mis fuerzas, el señor Stogoroff no se había mostrado en absoluto proclive a proporcionarme datos sobre su persona…, lo que me sumió en una duda todavía más terrible ¿Qué sabia de mí Yuri Stogoroff? ¿Qué persona en el mundo es capaz de salvar la vida de otra y no interesarse después siquiera por el lugar de dónde viene, o a dónde va, o quién le espera, o qué busca? Me aterrorizaba su discreción.

Una noche… ¿O fue una mañana en aquel mundo de luces iguales? Sólo recuerdo que desperté de una pesadilla y encontré a Yuri sentado en el banco, que junto a la tosca mesa y los toscos jergones formaban nuestro ajuar, mirándome fijamente.

- Se nos ha terminado la carne seca –murmuró apenas cuando abrí los ojos-, pero tengo una reserva de carne de ciervo congelada fuera. Voy a salir a cogerla.

No hizo ningún movimiento, y aprobé:

- Adelante.

- Quiero que vengas conmigo –respondió, mientras dibujaba con sus cejas un muro de desconfianza, y añadió: Puedes apoyarte en mi hombro.

Afuera el frío era brutal. Teníamos que movernos rápido, pues un minuto de más en el exterior de nuestra pequeña atmósfera de leña quemada marcaba la diferencia entre la vida y la muerte. Afortunadamente Yuri había guardado su reserva de carne entre los maderos que usábamos para calentarnos, a la misma puerta de la cabaña, pero los días de frío y nieve habían sepultado de tal manera el montón de troncos que forzosamente debíamos picar la corteza de hielo para conseguir apoderarnos de algo. Dado que yo estaba parcialmente impedido y todavía encontraba dificultades para mantener la estabilidad, Yuri se encaramó sobre la pila de madera y hacheó la nieve congelada con la parsimonia de un cultivador de adormidera mientras yo le rogaba, por todos los Cielos, que se apresurase. De repente, cuando alzaba de nuevo el hacha para otro golpe, perdió pie sobre su resbaladiza atalaya y todo su enorme corpachón cayó hacia mí; en vano intenté retirarme, y quiso la mala fortuna (pues entonces todavía pensaba que aquellos acontecimientos eran obra del destino) que, al caer sobre mi, el mango del hacha golpease mi cabeza. Mi vista se nubló, intenté ponerme en pie, sacudirme de encima el peso muerto de Yuri… y me desmayé.

Jamás olvidaré mis odiosos despertares en aquel lugar. Tal como la primera vez que aparecí ante la puerta de la cabaña, en esta ocasión salí de mi sueño para descubrir que mi mano izquierda y todo mi antebrazo habían corrido la misma suerte que la mitad de mi pierna derecha. Me sentía tan débil que no pude articular palabra pero mi compañero leyó la angustía que latía bajo mi gesto y me explicó que había caído sobre mí con tan mala fortuna que me había golpeado en la cabeza con el mango del hacha, lo que me había hecho perder el sentido, que había hecho acopio de todas sus fuerzas para meterme en la cabaña pero que, por desgracia, no había conseguido ser lo bastante rápido como para ahorrarme la penosa congelación de otra de mis extremidades....

- No, no, no, no…-. Comencé a sollozar de impotencia, dolor y miedo, incrédulo ante las justificaciones de un salvador que llevaba camino de convertirme en un inválido de Waterloo. Yuri volvió a mostrarse tan amigable y comprensivo como el primer día, pero su compasión me sobrecogía con un terror que todavía no alcanzaba a comprender, su sonrisa me asqueaba, me repelía su contacto.

Aquella nueva calamidad me sumió varios días en un estado febril durante los que, más que pensar en ella, soñé mi situación, y pregunté a Morfeo sobre el significado de los cambios de humor de Yuri Stogoroff, sobre el extraño sino que me estaba convirtiendo en una cabeza a un tronco pegada, sobre el propósito malvado que albergaba contra mí…

Milagrosamente conseguí sobrevivir al nuevo cercenamiento para continuar sobreviviendo en aquel invierno interminable. Tan débil como estaba, empleaba todas mis escasas energías en desconfiar de mi compañero, cada vez más convencido de cuál era la sombría situación en la que me encontraba.

Yuri seguía preparando las comidas. En la chimenea humeaba uno de sus estofados.

- Por fortuna –dijo- el final del invierno se acerca. Lo huelo. Puedo oler la primavera igual que tu hueles el estofado de castor…

Se detuvo en seco, me miró, con expresión diabólica y dirigió a mis muñones una mirada inculpadora. Yo estaba loco de miedo pero ciego de ira. Intenté levantarme, no sé si para abalanzarme sobre él o para salir corriendo, y caí torpemente fuera del jergón. Yurí se asomó por encima de la mesa para escucharme:

- Me dijiste que la carne era de reno.

Y no recuerdo más hasta que desperté. Estaba tendido sobre el jergón y tenía frente a mi la chaqueta encarnada de la Policía Montada, con el agente Rennick dentro. Resulta curioso que aquello llamase mi atención antes que el hecho de que había recobrado mis extremidades, mi pierna, mi mano y mi antebrazo con todos sus huesos y músculos pero, antes de que pudiese expresar mi estupefacción, el agente Rennick me interrumpió:

- ¿Ha pasado aquí solo todo el invierno?

Dudé qué responder:

- Creo que sí.

- Bueno, amigo, ha tenido suerte, no son muchos los que podrían decir lo mismo. Hacía años que no teníamos un invierno tan largo…

Todavía intentaba digerir los nuevos acontecimientos y asentar en mi cabeza el convencimiento de que todo aquello no había sido más que un fruto del delirio del invierno, de la locura de la soledad, del hambre, del miedo…

-… aunque veo que estaba bien aprovisionado –Se acercó a la lumbre-. Huele bien este estofado ¿De qué es?

- De ciervo.

5 comentarios:

Emma dijo...

Es terrorifica la historia, pero entonces Yuri no existia? Y de donde saco las fuerzas para cazar a un ciervo? Y que hacia en Alaska el muchacho? Me ha gustado mucho.

ismo dijo...

Gracias.

Te iba a aclarar ya lo de Yuri; incluso tengo escrita la respuesta peroo... mejor vamos a ver si a alguien se le ocurre alguna interpretación interesante de lo que ha pasado, no? (Es poco probable, dada la audiencia, pero posible)

De todas formas tampoco conseguiré aguantar mucho tiempo sin hablar de mi propio texto y regalarme un poco más la vanidad de lo que ya lo has hecho tú, así que no creo que consiga enfriar la explicación mucho tiempo. Disculpa la tardanza.

ismo dijo...

La verdad es que he sido un impertinente reservándome el comentario. Mis disculpas, Enmaskarada. Ahí va:

El narrador de la historia está narrando un sueño: sueña que ha llegado a una cabaña en un paraje desolado del ártico y sueña que encuentra allí a otra persona, Yuri Stogoroff. Hasta ahí, sus sueños coinciden con la realidad, pero luego sueña que va sufriendo diversas amputaciones, y sueña, por fin, que su compañero de fatigas se lo está comiendo poco a poco, conclusión a la que llega en su sueño cuando descubre que Yuri no está siendo sincero respecto al origen de la reserva de carne (la pierna y el brazo de “Narrador”, que Yuri hace pasar por carne de ciervo y, después, en un desliz, de castor).

Al final del relato, “Narrador” despierta de un sueño y encuentra a Rennick, el policía. “Narrador” tiene brazos y piernas, y Yuri no está en la cabaña… Normal, claro, ya que sabemos que lo que contaba “Narrador” no era más que un sueño. Pero entonces aparece el estofado y surge la duda ¿De qué es la carne? ¿Si Yuri era un sueño, era también real?

Dicen que el invierno ártico te puede volver loco, y yo creo que eso es lo que le pasó a “Narrador”. Se volvió loco, convirtió a su compañero Yuri en reserva de carne y, después, quién sabe si llevado por el remordimiento, quiso borrar de su memoria lo ocurrido, y lo consiguió hasta el punto de que su realidad inventada invadió sus sueños y sus vigilias.

malatesta dijo...

Lástima haber llegado tarde, pues lo que acabas de explicar era exactamente lo que había pensado al leer tu cuento.
Pobre Yuri, con lo bien que me caía.

ismo dijo...

Sí, parecía buen tipo, seguro que sabía bien (jeje).

La inspiración es Londoniana, claro, aunque no tengo recursos para reproducir su estilo.